El escenario global entra en una fase de mayor incertidumbre estratégica tras la expiración del tratado New START, que durante más de una década limitó los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y Rusia. Con su vencimiento desaparecen los topes a las 1.550 ojivas desplegadas y, sobre todo, los mecanismos de inspección mutua que funcionaban como válvula de confianza entre las dos mayores potencias nucleares.
En este contexto cobra relevancia el llamado “Reloj del Juicio Final”, una metáfora creada por el Bulletin of the Atomic Scientists en 1947. El reloj no es un instrumento físico que mida un evento real, sino un indicador simbólico que representa cuán cerca considera la comunidad científica que está la humanidad de una catástrofe global —ya sea por guerra nuclear, cambio climático u otras amenazas existenciales.
Cuando el reloj se sitúa a 85 segundos de la medianoche, no significa que una guerra sea inminente en términos cronológicos. Significa que, según la evaluación de expertos, el nivel agregado de riesgo sistémico es excepcionalmente alto en comparación histórica. La “medianoche” simboliza un punto de no retorno catastrófico; acercarse a ella refleja deterioro en la estabilidad estratégica y en los mecanismos de contención.
Para los mercados, este tipo de señal funciona más como un termómetro psicológico que como un detonante directo. Aumenta la percepción de fragilidad estructural y eleva la prima por la incertidumbre. En fases iniciales, suele predominar la búsqueda de liquidez y activos defensivos. En el caso de bitcoin y otros criptoactivos, aunque su narrativa fundacional es la de refugio alternativo, su comportamiento reciente muestra sensibilidad a shocks de riesgo global, lo que puede traducirse en volatilidad antes de cualquier reposicionamiento más estructural.
Lo verdaderamente relevante no es solo la carga simbólica del reloj, sino la pérdida de marcos legales que reduzcan errores de cálculo entre potencias. En ausencia de reglas claras, los mercados tienden a descontar escenarios más amplios —aunque sean de baja probabilidad—, y eso se refleja en mayor cautela, spreads más amplios y preferencias por activos líquidos.
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